Era una mañana tranquila, sobretodo en aquella habitación,
como desde hace unos cuantos días, me dedicaba a mirar por la ventana, a
observar a la gente caminar. Observaba el mundo como si se tratase de algo
completamente diferente a mí. Lo miraba sin querer darme cuenta de que nunca
más volvería a formar parte de él. Sabía que las cosas habían cambiado
demasiado, que no volvería a sonreír como antes lo había hecho, todo mi mundo
se había dado la vuelta cuando te despediste de mí, sin embargo yo no quería
darme cuenta. No quería ver que te habías ido para no volver, y miraba por la
ventana, miraba al exterior con gran admiración, pero sin conseguir apartar de
mi mente esa imagen: tú despidiéndote de mí desde un vagón. Veía reflejada
tu cara en el cristal, cada una de las lágrimas que habías derramado por mí
mientras repetías una y otra vez la misma frase, no consigo quitármela de la
cabeza: "Nunca, nunca te olvidaré". Miraba la calle intentando
entender por qué te habías ido, buscando una respuesta..
Sólo lograba verme a mí misma, sola, asustada, sin ningún motivo para
seguir adelante. Te veía a ti, mi mente conseguía convertir cada gota de agua
que resbalaba por mi ventana en una de tus lágrimas, cada reflejo de sol en una
de tus sonrisas, añoraba cada una de ellas con todo mi ser. Intentaba no tener
miedo, y pensaba en que sabía que tú me habías querido, que aún me querías, por
supuesto ni la mitad de lo que yo te quería a ti, lo sabía porque lo sentía, lo sentía muy
dentro de mí. Sabía que no iba a poder seguir adelante, no quería ver ni oír nada,
porque todo me recordaba a ti. Te quería, con todo mi corazón y lo hubiera
dado todo, absolutamente todo por ti..
Cada vez llovía más, todas las personas a las que llevaba horas observando,
todos los niños del parque, salieron corriendo huyendo de esa lluvia, como si
se tratase de algo malo. En ese momento sentí rabia, la lluvia cayendo sobre mi
piel, era una de las mejores sensaciones del mundo. Pero no podía salir a
la calle a disfrutarla, tenía la puerta a un metro pero, sin embargo, algo me
impedía salir de estas cuatro paredes que desde hace unos días me rodeaban.
Abrí la ventana intentando lograr que esa sensación llegara hasta mí, desde
pequeña siempre me había encantado la lluvia, cuanto más mejor, y ahora notaba
la lluvia cayendo sobre mi rostro pero no sentía nada, nada que me produjera
ninguna sensación ni buena ni mala; no lograba sentirme viva, sólo durante un
momento, cuando sentía un dolor increíblemente fuerte en el pecho, un dolor que
había que estar muy vivo para sentir, un dolor que me mataba por dentro. Eso me ocurría al pensar en ti, o en cualquiera de los diez años más perfectos
de mi vida, mejor dicho, los nueve años y medio más perfectos de la historia de
cualquier hombre en el mundo, los nueve años y seis meses que viví contigo.
Nos juramos que estaríamos juntos para siempre, que sería como un cuento
perfecto, y ahora sólo puedo plantearme el qué pasarán con todas esas
promesas que un día nos dijimos.. ¿Se cumplirán?